Ernesto Vera Rodríguez

Caso Ojeda: veinte años no bastan

Caso Ronald Ojeda

Veinte años de prisión para quien participó como autor en el secuestro con homicidio de un refugiado político. Esa es la respuesta que recibió Maickel David Villegas Rodríguez el 15 de octubre de 2026, cuando el Segundo Tribunal Oral en lo Penal de Santiago dictó su sentencia por el crimen del teniente venezolano Ronald Ojeda. Una condena que permite cerrar una etapa judicial, pero que difícilmente permite celebrar una victoria de la justicia.

La desproporción resulta especialmente amarga porque el propio tribunal consideró que correspondía imponer presidio perpetuo. Sin embargo, el compromiso asumido por Chile para obtener la extradición desde Costa Rica impedía aplicar una pena perpetua. La solución fue imponer veinte años, el máximo de la pena temporal utilizada.

El refugio que no protege

Ronald Ojeda tenía la condición de refugiado reconocida por Chile. Fue sacado de su hogar por hombres armados que simulaban ser policías. El tribunal destacó esa condición y la protección que el Estado le debía. El reconocimiento administrativo del refugio no se tradujo en seguridad suficiente para impedir que lo secuestraran y asesinaran. Esa es una derrota estatal que ninguna ceremonia de lectura de sentencia puede disimular.

Conceder refugio compromete mucho más que entregar documentación. Supone ofrecer una posibilidad real de vivir a salvo de la persecución. Cuando una persona termina arrancada de su dormitorio mediante una falsa operación policial, la pregunta por la eficacia de esa protección resulta inevitable.

La oscuridad exige explicaciones

La crítica al secretismo también necesita precisión. Villegas sí compareció ante el tribunal. El acta judicial registra su presencia y restricciones al acceso del público; además, consigna que se autorizó el ingreso de prensa sin grabación de audio ni video. Por tanto, sería incorrecto afirmar que nunca se presentó al acusado. Lo cuestionable es cuánto pudo conocer y fiscalizar la ciudadanía de un proceso de enorme trascendencia pública.

También existen antecedentes públicos sobre el disfraz policial. Un subprefecto de la PDI explicó a Informe Especial que se utilizaron cascos modificados y chalecos anticorte con letras PDI de cartulina. El automóvil Nissan Versa simulaba ser un vehículo policial. Estos antecedentes no permiten afirmar que los criminales obtuvieron uniformes auténticos o vehículos institucionales.

La explicación conocida resulta igualmente inquietante: una banda pudo apropiarse de la apariencia de autoridad para ejecutar un secuestro. La Fiscalía atribuye la operación a integrantes de Los Piratas de Aragua, vinculados al Tren de Aragua. Identificar ejecutores y reconstruir su logística es indispensable; esclarecer toda la cadena de responsabilidades sigue siendo la exigencia central.

El caso del teniente Ronald Ojeda deja una conclusión política demoledora: Chile no es un país seguro, ni para los chilenos ni para los extranjeros que viven en él. Cuando ni siquiera el refugio político garantiza protección efectiva, la promesa de seguridad del Estado queda reducida a palabras.

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